CUANDO LA PINTURA ENCONTRÓ AL CINE


                                                               

                                                               Amores que queman



Hay amores que queman, amores prohibidos que quedan grabados a fuego como una marca que nunca se borrará. Nacen, crecen y mueren en una semana como este protagonizado por Heloïse y Marianne en una isla de Bretaña en el siglo XVIII.

La directora francesa Celine Sciamma relata en Retrato de una mujer en llamas, el amor y la pasión secreta pero no contenida entre una ex monja benedictina, hija de una condesa y una pintora que recibe el encargo de un retrato de boda de la misma. Una semana es el tiempo que tiene Marianne para realizar la pintura que será enviada a un noble milanés, el futuro marido de Heloïse.

 

 


          




Heloïse no desea tal unión y por ello se niega a posar para los artistas contratados que dejan su trabajo inacabado como ese retrato que ve Marianne recién llegada al que le falta el rostro y que ella quema.

 

 

               

 

La cosa se complica para Marianne que debe trabajar en secreto, paseando con ella por las mañanas y pintando por la tarde y noche recordando cualquier detalle de su modelo que cree que es una dama de compañía y no una pintora que está allí para retratarla. De memoria o tomando apuntes rápidos de ella cuando no le ve, la obra avanza a pasos agigantados pero debe obtener no solo el beneplácito de la condesa sino también de su hija. Es por ello que Marianne revela su verdadera identidad a Heloïse lo que hace que esta reaccione menospreciando su trabajo, criticándolo a su manera. Dice del lienzo que no ha captado su verdadero ser y que carece de alma o corazón. La ausencia de presencia y sentimiento hacen de este retrato algo ajeno a ella y a su creadora.

 


                                    



      


 

Los primeros dibujos preparatorios en cuartillas o blocs han sido llevados al lienzo con una obra final rechazada que no se parece en nada a la de su predecesor. La primera, de artista desconocido, también se ubicaba en un lugar indeterminado con fondo neutro oscuro y aunque el vestido era el mismo y la pose idéntica la posición de las manos varía. En la segunda no vemos por ningún lado el brazalete enjoyado que se coloca en su muñeca izquierda tampoco el detallismo que se marca en el plegado de la vestimenta o las luces y sombras que delimitan los músculos del brazo derecho.  

 

 

   



         



      


 

Como el primero carecía de rostro no podemos comparar aunque suponemos que también se mostraba frontal. Marianne siempre dice que hay que hacer, si es posible, las orejas enteras y estudiar atentamente los cartílagos, nunca colocarlos por encima del cabello. Hay que utilizar un tono cálido y transparente que determine su forma, menos el hueco del medio que es más oscuro. El color carne incluso a la luz debe mitigarse a la altura de las mejillas, más prominentes y rosadas.

 

 



Heloïse, de ojos claros y sonrisa con labios carnosos es borrada por parte de Marianne que considera tras sus duras palabras que no esa obra no estaba a la altura. Tendrá solo cinco días, tiempo de ausencia de la condesa que será la única que valorará el resultado final y decidirá a su vuelta. La decisión de la modelo de posar será el detonante del amor que comenzaba ya a florecer.

Creadora y modelo estrechan su vínculo a través de largas sesiones que acaban en un amor profundo y sentido descubierto por la criada Sophie que guarda también un secreto oculto que no debe ser revelado ¡su puesto de trabajo está en peligro!

 

Ahora ¡a la segunda! el retrato muestra a una Heloïse, sentada de perfil que no sonríe, conoce el amargo destino que le aguarda casada por conveniencia con el noble italiano. No apoya sus manos en el regazo sino que las posa delicadamente sobre una tela que luego desaparecerá. La mujer desafía con la mirada al espectador que sufre con ella su futura falta de libertad y voz. Es delicada y frágil pero a la vez fuerte y rebelde.

 

 




 

 

Se comen y desean con los ojos, ventanas del alma y se aman con el corazón dejando pruebas dibujadas, en cuadernos, páginas de un libro o valiosos camafeos que se convertirán en felices recuerdos en el futuro. Bellas durmientes y desnudas amantes en búsqueda de una felicidad efímera o testigos de unos actos que para muchos son pecado. No verán las imágenes de ellas y pensarán en la persona sino al revés.





  



 

 


Las tres pinturas más importantes ¡no, este retrato no lo es! aparecen al principio y al final del film. El primero que da título al largometraje de Celine Sciamma, aparece exhibido en el taller de la pintora cuando está dando una clase práctica a sus alumnas, después de su aventura en Bretaña. Aún no conocíamos a Heloïse que se encuentra sola en un paisaje nocturno junto a una hoguera. Después conoceremos la escena en la que ella, Marianne y Sophie acompañan a otras mujeres campesinas a una reunión en donde beben y cantan. En un momento dado la hija de la condesa se acerca demasiado al fuego prendiéndose este ¡su cuerpo arde de pasión! Marianne conservará el recuerdo de ese momento pero lo esconde en la bodega porque le entristece. Al fondo la brillante luna asoma entre las nubes que la rodean junto a un pequeño bosque representado por unos pocos árboles a la derecha, nuestra izquierda que marcan la línea diagonal que lleva al punto de fuga en el horizonte. Un oscuro paisaje como el final de la relación entre ambas.

 

 






Los dos siguientes los vemos al final cuando Marianne está en una exposición de cuadros presentando su obra pero firmada por su padre. En el siglo XVIII las mujeres pintoras no eran reconocidas en su arte aunque su técnica en ocasiones estuviera a la par que la de sus homólogos masculinos.

En el libro X de Las Metamorfosis, de Ovidio se cuenta el mito griego de Orfeo y Eurídice. El poeta, hijo del dios Apolo y la musa Calíope, se casó con la ninfa que un día fue mordida por una serpiente muriendo en el acto. Su marido bajó hasta el Hades para recuperarla pactando con los dioses del inframundo que ella regresaría con él a la superficie con una condición. Él caminaría por delante de ella y jamás podría girarse para mirarla hasta que no alcanzaran la luz del sol.

En la película Sophie y Marianne escuchan de boca de Heloïse la historia que acaba trágicamente cuando Orfeo incumple la condición y vuelve la cabeza para observar a su mujer haciendo que esta regrese al abrigo de las sombras para siempre. Sophie no entendía como pudo desobedecer algo tan sencillo, Heloïse le explica que no pudo resistirse a sus pasiones e impaciencia por verla al estar muy enamorado de ella. Marianne argumenta que decidió no como un enamorado sino como un poeta y que por eso se dio la vuelta haciendo que esta muriera por segunda vez. La despedida cruel acabó con un adiós de Eurídice que pudo ser la que antes le dijera ¡gírate!

La escena del adiós es la que se representa en este cuadro de Marianne. Orfeo y Eurídice huyen del inframundo a través de un sendero escarpado y oscuro, envuelto en una espesa bruma. Orfeo se dio la vuelta y la miró haciendo que ella fuera arrastrada hacía atrás y aunque intentó estirar sus brazos para alcanzar algo a lo que agarrarse pero solo palpó el aire que les rodeaba.

 

 

    



Muchos han sido los que han representado la escena con la pareja de enamorados. Orfeo suele aparecer vestido con una túnica azulada movida por el viento mientras que Eurídice, vestida de blanco, se separa de él arrastrada hacía la oscuridad. El marco suele ser un camino rocoso con fondo claro y brillante al que la mujer nunca llegará.

La directora ha querido ver en la historia de las dos protagonistas un reflejo de lo vivido por Orfeo y Eurídice. Marianne es ese artista o poeta que enamorado de Eurídice o Heloïse se tiene que despedir cuando acaba su retrato acabando un romance que tenía los días contados. La pintora ve en varias ocasiones la visión de su amada vestida de blanco desapareciendo en las sombras como una premonición de lo que va a ocurrir en el futuro, acaban llorando junto a unas rocas, allá en la playa y se gira cuando se marcha al oír la voz de la ninfa vestida con el traje de novia, incapaz de refrenar su deseo.

 

            
 



          


 



El Orfeo y Eurídice, del pintor Edward John Poynter, parece ser una de las fuentes de inspiración para esta historia melodramática del 2019. En el cuadro, el poeta, con su lira y vistiendo de rojo lleva desnudos sus brazos y agarra con ellos el cuerpo de una asustada Eurídice para que no se escape como Marianne hace con Heloïse, de verde, en un triste momento en el que no llegan a mirarse, siempre con el mar como telón de fondo. La víbora que los ataca es la condesa que intenta separarlos sin querer con un matrimonio pactado lejos de allí ¡una amenaza que siempre está latente!

 

 

         


 


 

También en esa exposición parecen saludarse las dos cuando Marianne contempla el retrato de la joven ya casada y con su hijo. Descubre que esta lleva su libro de Las Metamorfosis de Ovidio abierto por la página 28, justo la misma en la que se encontraba su dibujo en el cual aparecía desnuda.

De esta manera se da cuenta que no la ha olvidado después de tanto tiempo y que aún recuerda la historia que vivieron juntas como amantes ¡un mensaje o símbolo oculto para ella! La mujer con traje blanco y lazo rojizo, estilo Imperio, con gran plegado se encuentra en un interior sentada mientras a su lado de pie está su hijo pequeño con ojos también claros y mejillas sonrosadas agarrándole la mano izquierda. Es un retrato que está sujeto a convenciones, normas y reglas impuestas por la academia y que recuerda a las imágenes neoclásicas de maestros franceses y británicos del siglo XIX como Jacques Louis David o de maestros del siglo XX como el húngaro Philip Alexius de László.

 


 
 



    



                               

  

La autora de todos los cuadros que aparecen en el film fue Hélène Delmaire, pintora feminista del norte de Francia que se declara amante de la feminidad y la belleza no normativa de la mujer como esos sujetos reales y humanos que retrata con los ojos tapados. La belleza total de sus obras nace de la destrucción de alguna de sus partes. Las manos que vemos en la película, primero dibujando al carboncillo o lápiz y luego con el pincel, pertenecen a esta y no a la actriz Noémie Merlant.

 

 

                    


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